La locura no te hace especial, te hace humano. Hay niveles: locuras superfluas y locuras profundas. La superflua es la que uno se cuelga en el pecho, diciendo aquí y allá: yo soy así. La locura superflua se cura con medicinas. La profunda, en cambio, se inserta en las vísceras, se acomoda a la perfección en nuestras células. La locura profunda, es explosiva, es bella. Fluye y cambia. Adopta formas, a veces de cuento, de luna hermosa y limpia, de amor, de alegría incomprensible, de pájaro azul en invierno helado. La locura profunda hay que mantenerla profunda, no se anuncia ni se cura: se entierra. Se vuelve persona, se incrusta a nuestro nombre, se disfraza de calma, y como el pájaro azul de Bukowski, viene a veces en la noche y se posa en la orilla de la cama mientras brilla, con un brillo oscurísimamente excelso, para acompañarnos a dormir.

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